Una caricia, dos caricias, tres. Ese perrito callejero
de color negro, con manchas blancas por todo el cuerpo que Jaime le había
regalado, merecía eso y más. Estaba sentado en el borde de la banqueta con el
cachorrito sobre el regazo, era el único que le hacia compañía en estos
momentos ya que Bill y su madre habían salido a cenar.
Miró el móvil que tenia en la otra mano, la que no
acariciaba a Manchas, y su corazón recibió una punzada. En momentos así se
sentía tan lejos de ella; apartado, rechazado y olvidado. Ella podía resolverlo
todo sin ayuda, sin él. El pensar esto lo ponía mal, el saber que ella no lo
necesitaba de igual manera. ¿Es que a ella no le faltaba el aliento cuando no
lo veía? ¿A ella no se le aceleraba el corazón al mirarlo a los ojos? ¿Ella se
olvidaba de él cuando no estaban cerca?
Estúpidamente y sin fundamentos, Tom se convencía de las respuestas de esas preguntas. Jane no sentía nada por él, no de la manera en que él lo hacia. Y aunque desde un principio supo que Jane no era como todas las chicas y que de ella no podía esperar un amor incondicional, con cada día que pasaba preguntas como esas venían con más constancia a su cabeza, taladrando sus sentidos, su corazón.
-Venga Manchas ¿Quieres ir adentro? —Preguntó mirando
al perrito, quien movió la cola como respuesta. Al parecer el cariño del perro
era lo único que podía recibir, él era su único consuelo.
Se levantó con el cachorro en brazos y entró a casa.
Luego de dejar a manchas en el piso y fue a la cocina a coger un vaso de agua.
-¡Tom! —Escuchó a los lejos. Alguien lo llamada de
afuera. Dejó el vaso de agua sobre la barra y se encaminó a la puerta — ¡Tom!
—Volvió a escuchar su nombre seguido de dos golpes a la puerta, entonces
reconoció la voz. Era Any.
-¡Hola! —Exclamó al verlo y lo abrazó efusivamente.
Tom sonrió en el abrazo. Era reconfortarte sentirla cerca de nuevo — ¿Cómo
estas? —Cuestionó al separarse.
-Bien y ¿Tu?
-Estupenda, aunque un poco cansada porque he andado de
aquí para allá con Charles —Sonrió.
-¿Quieres pasar? —Any asintió y ambos comenzaron a
andar hacia adentro. — ¿Cuándo llegaste al pueblo? —Cuestionó después de que
Any se sentara en la sala.
-Llegué ayer, viene a visitarte pero Bill me dijo que
no estabas.
-Si, eso me comentó cuando volví.
Hubo unos cuantos minutos de silencio, tortuosos para
Tom y desesperantes para Any. Para él era una tortura tenerla cerca y saber que
debía hablar con ella sobre lo que sucedía con Jane, más específicamente, tenía
que decirle que estaba de vuelta con ella intentando algo importante. Mientras
que Any, quería regresar el tiempo al momento en que se besaron en su
habitación, aunque la ansiedad le recorría el cuerpo sabiendo que algo no iba
completamente bien, lo sabia, ya que Tom no la había buscado después de eso.
-Any…
-Tom… —Dijeron al mismo tiempo.
-Dime —Pidió él rápidamente. Any sacudió la cabeza
riendo nerviosa.
-No, está bien, dime tú.
-No mejor tú. —Any suspiró decidiendo que era mejor
comenzar hablar.
-Es sin importancia… —Murmuró — Bueno no… es que he
estado pensado en nosotros —Hizo una pausa y contempló a Kaulitz —Y no sé, quería
saber si tú lo has hecho también; el pensar en lo que sucedió el otro día.
-Sí, he estado pensando en eso —Respondió él tratando
de utilizar las mejores palabras, aquellas que lograran comprometerlo en el
menor grado posible. Sin embargo, los labios de Any se estiran débilmente
formando una pequeña sonrisa esperanzada. A partir de esa reacción Tom no supo
qué decir ni mucho menos cómo; sin que sus palabras sonaran crueles, sin que su
dulce corazón se rompiera en mil pedazos.
-¿Y? —Dijo Any un tanto desesperada por oírlo
continuar.
-Bueno es que… Any —Vaciló y ella cambió su mirada esperanzada por una llena de sospecha. — He vuelto con Jane —Logró pronunciar con dificultad.
-Bueno es que… Any —Vaciló y ella cambió su mirada esperanzada por una llena de sospecha. — He vuelto con Jane —Logró pronunciar con dificultad.
-¿Qué?
-Any, te juro que si pudiera elegir…
-¿Has vuelto con ella? —Cuestionó sin salir de su
asombro.
-Sí.
-No puedo creerlo —Se levantó del sillón — ¿¡Después
de lo que hizo!? —Tom asintió — ¿Cómo le hace, he? ¿Cómo logra ponerte tan
estúpido? —Dijo con furia, sin poder contenerse. Él no respondió. —¿Es que
tengo que ponerme vestidos diminutos, tener el cabello rubio oxigenado,
consumir drogas y andar de loca por el pueblo juntándome con lacras como Shane
y Lamb, para que un chico bueno como tú me haga en su vida?
-Sabes que no se trata de eso —Replicó Kaulitz.
-¿Entonces de qué? Si Jane jamás ha hecho algo por ti
y sabes que no lo hará, que no dejará su estilo de vida —Tom frunció el ceño
bastante molesto.
-¿De qué se trata Tom, si sabes que Jane jamás te va a
querer?
-¡Basta no quiero escucharte! —Exclamó exasperado.
-No quieres escucharme porque es verdad —Escupió ella
con furia antes de salir corriendo por la puerta.
…
Dos días tuvieron que pasar para que Jane regresara a
clases. No había buscado a Tom y sólo le había llamado un par de veces para
informarle de manera ligera como iban las cosas, esto solo reforzaba las
palabras de Any en la cabeza de Kaulitz: Jane jamás se iba a enamorar de él.
Las cosas en casa de la rubia eran un desastre; su
madre no dejaba de llorar y de culpar a su padre, y Jane no encontraba una
solución aceptable para el problema, lo cual le provocaba una enorme
frustración. La suerte no estaba de lado de su familia, pues había mucho futuro
para Estefan.
…
Cuando llegó al salón de clases se sentó donde
siempre, alejada de todo y todos. Hoy especialmente no deseaba tener contacto
con nadie, y ciertamente aunque lo hubiera querido, nadie en toda la escuela le
dirigía la palabra, a excepción de Tom, por supuesto; quien sin embargo no
contaba mucho pues cuando hablaba con él estaban o encerrados en un salón o a
escondidas en un sitio apartado.
Poco a poco el aula se fue llenando y antes de que el
maestro cerrara la puerta Jane vio a Kaulitz aparecer por el umbral. A pesar de
que sus amigos estaban sentados hasta el otro extremo del salón Tom no vaciló
ni un minuto en hacia ella.
-Hola —Masculló sentándose a su lado. Jane permaneció
con una expresión seria, e incluso se le podía notar el matiz de enojo en sus
ojos, era claro que no quería tenerlo cerca. El saludo tuvo como respuesta un
bufido y un evite de miradas bastante duro.
En cuanto el timbre retumbó en todos y cada uno de los
espacios de la escuela Jane se levantó de golpe llevándose consigo sus
cuadernos.
-Jane, espera —Suplicó él yendo detrás de ella.
-No quiero hablar ¿Vale? Después, lo prometo —Le dijo
sin volverse.
¿Hasta cuándo iba a ser capaz de esperar? ¿O es que no
había remedio? ¿Jane realmente no lo tomaba en serio? ¿Realmente no sentía nada
por él?
Durante el camino de regreso a casa se auto convenció
así mismo que la actitud de Jane tenía sólo un origen: el problema de su padre.
Lo cual significaba que si ese problema se resolvía la conducta de Jane iba a cambiar.
-¿Qué haces? —Cuestionó Bill mirando a su hermano con
mucha curiosidad. Tom se encontraba batiendo los cajones en busca de algo.
-Estoy buscando un número.
-¿Un número? —Inquirió Bill con solemnidad.
-Sí, Bill. Un número —Respondió exasperado.
-¿De quién es?
-De un amigo —Bill frunció el ceño. Los únicos amigos
que le conocía su hermano, eran Faber, Lina, Jaime y Any, y no necesitaba sus
números.
Tom siguió rebuscando entre los cajones, hasta que se
detuvo con un pedazo de hoja en la mano derecha, era la nota donde estaba
escrito aquel número de teléfono que le brindó ayuda una vez.
-¿Qué amigo?
-Sam —Respondió Tom. Bill trató de hacer memoria, pero
lo cierto era que no recordaba ese nombre.
-¡Sam, hola! —Exclamó al ser atendido al otro lado de
la línea.
-¿Qué hay Tom? ¿Qué se te ofrece?
-Quería saber si no tienes alguna misión por cumplir,
como la de la otra noche —¿Misión, de noche? Fue ese cuestionamiento lo que
atrajo los recuerdos ala mente de Bill y entonces supo quien era Sam. Tom le
contó en una ocasión lo que sucedió esa vez, cuando ayudó a esos pandilleros a
saquear aquella casa lujosa, de donde consiguió el dinero para pagar las
amenazas de Edgar.
-Ya veo. ¿Necesitas dinero, he? —Cuestionó Sam con una
sonrisilla maliciosa.
-Bastante —Respondió.
-Bueno, entonces vente a mi casa mañana en la noche.
Aquí platicamos cómo y cuándo se darán las cosas.
-Perfecto —Aceptó antes de colgar.
-Júrame que no vas volver a hacerlo —Dijo Bill con voz
pausada, estaba asimilando las cosas.
-¿Qué no empiece? ¡Va a robar otra vez!
-¡Shhh! ¡Quieres callarte! Mi madre te puede escuchar.
-Eso es lo que hace falta.
-No Bill… por favor… —Suplicó. —Por favor no le digas.
-Es que no puedes volver a robar, y menos por ella.
¿Hasta cuando, he? ¡No eres su héroe, ni mucho menos! Ella tiene que aceptar
las consecuencias de su vida, de sus actos y de las cosas que pasan.
-¿Si nuestro padre estuviera en esa situación, no
harías todo por ayudarlo?
-¡Nuestros padre, tú lo has dicho! pero ese no es nada
nuestro.
-Está claro que no lo entiendes —Agregó decepcionado.
-Tom por favor no lo hagas —Bill se acercó a él y posó
una mano sobre su hombro en señal de apoyo. Tom lo apartó de un movimiento
brusco y se levantó para abandonar la habitación.
Llegó hasta la sala y encendió el televisor. Pasó
parte de la tarde sentado en aquel sillón pensando en lo que había sucedido ahí
mismo dos días antes con Any. También pensó en Jane, en como lo evitaba cada
vez que podía y como lo buscaba cada vez que no tenía a nadie más a su lado,
cuando quería hablar con alguien o cuando necesitaba del afecto de una persona.
¿Qué pasaba si no la ayudaba esta vez? Si hacia caso
de las palabras de Bill, en el fondo sabia que él tenia razón pero era Jane y
sino la ayudaba, él mismo, no se lo iba a perdonar nunca.
Continuará.












